«La raíz de nuestros males reside en los engaños»

Vivimos en lo ya conocido, dirigidos y encorsetados por el contenido de nuestro ego, apresados por los recuerdos del pasado o evadiéndonos hacia un futuro inexistente. Llenamos nuestras vidas con memorias del ayer y expectativas venideras. En Quimeras del ego. Desvelando la conciencia, el reconocido maestro zen Denkô Mesa nos invita a hacernos cargos de nosotros mismos. A propósito, a continuación te compartimos un extracto del texto.

¿Quiénes somos? Esta ha sido una de las grandes preguntas en la historia de la humanidad y que sigue presente en todas las culturas y vías de conocimiento. Ya sea de forma espontánea o razonada, solemos responder con el lenguaje del ego, al que denomino «el personaje», una entidad ficticia a la que le hemos dado categoría de real, caracterizada por un conjunto de actitudes, rasgos, motivaciones, creencias individuales y patrones comúnmente aceptados. He aquí la ofuscación del perceptor (avidyâ en sánscrito). Nunca seremos definidos por la entelequia en la que nos hemos instalado.

La vida es variación, el ego, una resistencia ilusoria. Somos una existencia en constante cambio que se materializa en un cuerpo físico, vibra a través de un rico universo de emociones y que oscila entre los reinos de la avidez, la antipatía y la indiferencia. Para despertar a esta verdad, todo pasa por aprender a estabilizarnos, dejarnos respirar, ralentizar la mirada, liberar cualquier pretensión y soltar toda compulsión. Observarnos, indagar serenamente y descubrir quiénes somos, cómo actuamos y de qué forma lo estamos haciendo es un gran regalo que acontece siempre en el presente.

La raíz de todos nuestros males reside en los engaños. Los engaños son las percepciones distorsionadas que mantenemos de nosotros mismos, las que proyectamos sobre los demás y acerca del mundo que nos envuelve. En este sentido, somos como un espejo defectuoso que no refleja la realidad con nitidez. La confusión y el apego constituyen las bases sobre las que se asientan otros muchos engaños, como los celos, la envidia, la codicia, la desconfianza, etcétera. Por ejemplo, en un estado mental de nerviosismo, cansancio o preocupación, cualquier pequeña contrariedad nos parece desproporcionada y la convertimos en argumento de nuestra mala suerte, mala racha, o bien la justificamos, diciendo que son los planetas mal alineados y que además todo actúa en nuestra contra. El victimismo es un recurso del ego para defenderse en su ilusión. Así pues, siempre encontramos justificaciones al discurso. Sin embargo, cuando nos hallamos en calma, todo se relativiza y nuestras palabras, acciones y pensamientos siempre fluyen a través de la claridad mental y la mantienen. Al igual que un atleta tiene que entrenar, y nos preparamos y estudiamos para desarrollar una profesión, el budismo considera que la paz interna se favorece paulatinamente con la práctica de la meditación, pues ayuda a la comprensión de la mente, que es donde residen todos nuestros estados, engañosos o no.

Dicho esto, las circunstancias externas en sí mismas no son la causa de nuestra felicidad o nuestro sufrimiento. La felicidad solo puede surgir de la paz interior y, sin ella, ninguna situación externa puede hacernos felices. El Buddha fue un hábil investigador de la percepción y del sufrimiento:

La paz viene de dentro, no la busques fuera.

Editorial Kairós

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