¿Qué hace que los lugares sagrados sean sagrados?

Según Rupert Sheldrake, heterodoxo y reconocido científico británico, existe un proceso de conexión no material llamado “resonancia mórfica” que propaga la memoria de la naturaleza y determina la evolución de las especies. Tras este planteamiento revolucionario y no exento de polémica, en su libro La ciencia y las prácticas espirituales explica con mayor detalle qué es, y en este fragmento de la obra nos habla de ello para responder a la cuestión del por qué ciertos lugares son considerados sagrados.

La sacralidad tiene que ver con la conexión y la relación. El término procede de una raíz que significa completo o sano. No somos sagrados cuando estamos separados y desconectados los unos de los otros, del mundo más‐que‐humano y de la fuente de todo ser.

Experimentamos lo sagrado cuando estamos conectados a la fuente de la vida que va mucho más allá de nuestras limitadas naturalezas.

Algunos lugares evocan esta experiencia más que otros, sea a causa de su naturaleza física, sea por las asociaciones humanas, o por ambas cosas. Algunos lugares son sagrados porque son numinosos de manera natural, como algunas cumbres de montañas, manantiales, cascadas o cuevas. Por ejemplo, Glastonbury Tor es una sorprendente colina que se eleva por encima de la tierra baja que la rodea. Destacaría y atraería la mirada aunque no tuviera una torre medieval en su cima. Uluru, o Ayers Rock, es una gran estructura de arenisca, una «montaña‐isla», rodeada de un terreno relativamente plano en Australia central, y parece que cambie de color a lo largo del día. Brillando con un tono rojizo al amanecer y al anochecer, es un lugar emblemático muy llamativo, de gran importancia cultural para los pueblos indígenas de esa zona, y ahora es una importante atracción turística.

Algunos lugares puede que tengan un poder especial a causa de su orientación, o debido a las corrientes subterráneas de agua, o a flujos subterráneos de electricidad, las llamadas corrientes telúricas, o por su conexión con el paisaje circundante. Las propiedades de estos lugares dependen de sus conexiones con sus entornos terrestres, y también de su relación con el firmamento y los cuerpos celestes.

En algunas culturas, los adivinos especialistas evaluaban los poderes de los lugares, y en algunos casos ayudaban a decidir dónde tenían que construirse los templos, santuarios o tumbas. En Europa este arte se llama geomancia; en China feng shui, que literalmente significa «viento y agua». Las técnicas de geomancia no se pueden traducir fácilmente a términos científicos convencionales, pero incluyen una comprensión de las relaciones entre la topología y los flujos de energía a través del paisaje. Joseph Needham resumió algunos de los principios del feng shui tradicional en su Ciencia y civilización en China:

Las formas de las colinas y las direcciones de los cursos de agua, al ser consecuencia de las influencias moldeadoras de los vientos y las aguas, eran lo más importante, pero, además, las alturas y formas de las construcciones y las direcciones de las carreteras eran factores poderosos. La fuerza y la naturaleza de las corrientes invisibles se verían modificadas cada hora por las posiciones de los cuerpos celestes, de modo que sus aspectos, tal como son vistos desde la localidad en cuestión, habían de tenerse en cuenta.291

Muchos lugares sagrados son un puente entre el cielo y la tierra; conectan la tierra con el firmamento.

Constituyen una especie de portal, como en el sueño de Jacob en Betel (Génesis 28: 10‐19). Los monolitos y menhires desempeñaban esta función conectora en las culturas megalíticas, y en el Egipto antiguo las piedras verticales adoptaron una apariencia especialmente refinada en forma de obeliscos, columnas aguzadas con una cumbre piramidal, a menudo consistente en una única piedra. Al establecer monolitos u obeliscos, o en las torres de los edificios, los capiteles y los minaretes, los seres humanos crean lugares que tienen una dimensión vertical literal.

En las antiguas arboledas sagradas de Tierra Santa había árboles sagrados o postes consagrados a la diosa madre Asherah, que eran lugares importantes del culto judío hasta que fueron condenados por los profetas y destruidos en los reinados de Ezequías y Josías. En muchos templos hindúes, a menudo hay astas de banderas revestidas de metal frente al altar principal, llamadas dwajasthambam, de las que se decía que conectan los cielos a la tierra. Muchas iglesias cristianas tienen torres o capiteles, y muchas mezquitas están acompañadas de minaretes.

Simbólicamente, todas estas estructuras unen los cielos y la tierra. Pero la conexión es más que simbólica: es literal. Justamente porque estas estructuras suben hacia el firmamento, atraen los rayos. Siempre han actuado como canales para una energía muy real que desciende desde el cielo a la tierra, y de la tierra va al cielo. En la actualidad, tienen conductores de rayos junto a ellas, por esta precisa razón. La electricidad es polar. El movimiento de la carga eléctrica es un proceso bidireccional. Cuando los caminos de aire ionizado negativamente cargados –llamados descargadores graduales– descienden desde las nubes hacia la tierra, el potente campo eléctrico induce a los objetos altos a enviar «corrientes serpentinas» que crecen hacia la nube. A menudo tienen un brillo color púrpura. Pero no todas las «corrientes serpentinas» positivas hacen contacto con un descargador gradual. Ellos esperan. Más tarde llenan el vacío con algunas de ellas y con relámpagos.

Los rayos también caen sobre estructuras naturales altas, como las cumbres de las montañas, y a los caminantes se les aconseja mantenerse alejados de las cumbres y los pináculos durante las tormentas eléctricas.292 Los árboles son frecuentemente canales para los rayos y algunas especies, entre los que se cuentan el roble y el fresno, son alcanzados por los rayos más a menudo que otros, como los abedules y las hayas. Una de las razones de la sacralidad del roble en tiempos de los druidas puede haber sido su propensión a los rayos, y estaban consagrados al dios del trueno en Europa del Norte –a Thor en Escandinavia– y a Zeus en la Grecia antigua.

Un lugar golpeado por el rayo adquiere una cualidad especial a la mirada de muchas culturas diferentes. Es significativo que un intrigante libro sobre los lugares sagrados de los nativos americanos de los Estados Unidos se titule Where the Light­ ning Strikes. Hasta hace unos 200 años, la mayoría de las estructuras que atraían los rayos eran edificios religiosos, como los capiteles de las iglesias o los minaretes.

En el siglo XIX, se erigieron grandes estructuras seculares, como el Monumento a Washington en Washington DC, el obelisco más grande del mundo, de 169 metros de altura, y la Torre Eiffel en París, de 324 metros, y se trata de dos importantes atractores de rayos. En el siglo XX, los edificios más altos eran los rascacielos, que ahora constituyen los principales imanes de los rayos en las ciudades.

Pero en muchos lugares más pequeños, los edificios religiosos siguen siendo los que atraen los rayos. En mi ciudad natal, Newark‐on‐Trent, la torre del templo parroquial de Santa María Magdalena mide 72 metros de altura. Se terminó alrededor de 1350, y todavía es, con mucho, la estructura más alta de Newark, canalizando constantemente los rayos hacia el suelo, debajo de este lugar sagrado.

Hasta hace poco, la explicación científica de los relámpagos se concentraba en el diferente potencial eléctrico entre los nubarrones y el suelo, tratándolo como un fenómeno local. Sin embargo, la intuición antigua de que el rayo une los cielos y la tierra resulta ser correcta. La carga eléctrica en las nubes se relaciona con regiones eléctricamente cargadas a unos 80 kilómetros de altitud. Las descargas eléctricas llamadas sprites, fenómenos eléctricos luminosos, de color naranja o rojo brillante, ocurren entre los nubarrones y la atmósfera superior. La atmósfera superior está muy influenciada, a su vez, por el viento solar, una corriente de partículas cargadas liberadas desde el sol, y la velocidad y densidad del viento solar dependen de la actividad solar, como las erupciones solares.

Este «clima espacial» afecta a las Luces del Norte y del Sur, que constituyen descargas de plasma, e influencia también la cantidad de relámpagos en la tierra: cuanto más fuerte es el viento solar, mayor es el número de descargas relampagueantes.293 Estas descargas en forma de rayos aumentan también por influencias mucho más remotas, especialmente los rayos cósmicos de supernovas o estrellas que explotan. Así pues, los rayos literalmente proceden de los cielos, y se canalizan a través de estructuras elevadas a la tierra. Los lugares en los que caen están literalmente cargados.

Todos los edificios altos son golpeados por rayos, aunque en pocos casos la gente lo registra cuando ocurre. Pero ahora esto resulta técnicamente posible. Los registradores de la caída de rayos están disponibles comercialmente, y detectan cuándo un exceso de tensión desciende por el conductor de un rayo. Algunos incluso envían un mensaje SMS cuando tiene lugar un relámpago. Si dirigiese una iglesia, un templo o un minarete, yo instalaría uno de esos artefactos y pondría a disposición de todo el mundo los datos online. Existen ya fascinantes mapas y archivos online de la caída de rayos en muchas partes del mundo, junto con actualizaciones directas,294 pero ofrecen pinceladas generales y no se centran en lugares específicos.

Al construir templos, catedrales, iglesias y mezquitas, se hacen estructuras que se relacionan explícitamente con Dios, el Ser último o la fuente de toda salud y santidad. Y los santuarios que conmemoran acontecimientos sagrados, las personas santas y los acontecimientos sagrados suponen un vínculo con la fuente de su sacralidad.

En muchos casos, este vínculo viene posibilitado por reliquias físicas, como el templo al Buddha en el Templo del Diente en Kandy, Sri Lanka, o las reliquias de los santos, generalmente huesos, en muchas catedrales e iglesias. La idea tradicional de que esos huesos proporcionan un vínculo directo con la vida de la persona a la que pertenecieron los huesos se ha renovado con los análisis de ADN. Incluso huesos muy antiguos, como los de los neandertales de hace 400.000 años, contienen ADN que puede analizarse utilizando técnicas moleculares modernas.

Un esqueleto descubierto en Leicester en 2012 tenía varios signos de ser los restos del rey Ricardo III de Inglaterra, que murió en 1485, y el ADN recuperado de los huesos permitió confirmar su identidad con un alto grado de probabilidad. Se volvió a enterrar en la catedral de Leicester en 2015. Ricardo fue un rey, más que un santo, pero no cabe duda de que muchas reliquias veneradas contienen trazas del ADN de los santos. Irónicamente, las reliquias de especies extintas en forma de huesos y esqueletos desempeñan un papel central en las catedrales de la ciencia, como el Museo de Historia Natural de Londres, que son como centros de peregrinaje científico.

Por último, los lugares sagrados puede que sean sagrados porque contienen una especie de memoria de lo que ocurrió allí anteriormente.

Si muchas personas han rezado, o experimentado curación, o se han sentido inspiradas en un lugar sagrado, esto hace más probable que otros sean afectados positivamente por ese lugar.

Según la hipótesis de la resonancia mórfica (analizada en el capítulo Los rituales y la presencia del pasado de La ciencia y las prácticas espirituales), las personas en un estado determinado de estimulación sensorial resuenan con quienes han estado en un estado similar anteriormente. Cuando entramos en un lugar sagrado, estamos expuestos a los mismos estímulos que quienes han estado allí antes y, por tanto, entramos en resonancia con ellos. Si los peregrinos que van a un lugar sagrado han sido inspirados, elevados y sanados allí, es más probable que tengamos experiencias similares de conexión espiritual. Los lugares sagrados pueden crecer en sacralidad a través de las experiencias de la gente en ellos.

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